MESA CAMILLA, BRASERO Y COMPAÑÍA

El otro día estuve hablando con una de mis mejores amigas sobre la confianza en uno mismo y el atreverse a compartir lo que uno crea. Ella me dejó leer un relato que había escrito para un concurso, y yo me sentí tremendamente halagado y orgulloso de su talento. Pero también me quedé pensativo. Nunca comparto lo que escribo, y escribir es probablemente la cosa que más me apasiona junto con la interpretación.

El pasado verano, entre desconfinamientos y ratitos para algún paseo, además de escribir mi primera obra de teatro, me animé a escribir un relato corto para el concurso anual que celebra una librería de mi pueblo. Lo que escribo no gusta a todo el mundo, pero sí que lo siento como algo muy mío. Me siento bastante desnudo compartiendo esto, pero creo que es momento de hacerlo. El acto de valentía de mi amiga me ha inspirado a atreverme yo también. Ahí va, espero que disfrutéis de «Mesa camilla, brasero y compañía»:

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Aquel día ponían el último capítulo de la novela en la Nova, pero yo no lo vi. Después de cuatro meses pegada a la televisión todas las tardes, el brasero y las faldetas de la mesa camilla no me calentarían mientras me tomo el café con leche reglamentario de las cinco de la tarde. En realidad, no lo vi porque no quise. La Jesusa, mi vecina, me lo grabó en cinta al enterarse de lo que había pasado. Siempre lo comentábamos cuando nos cruzábamos en el rellano y supongo que le entristeció pensar que no iba a tener a nadie con quien hablar del final. Cuando pasaba algo especialmente interesante una de las dos forzábamos el encuentro para después tirarnos dos horas comentando lo ocurrido con emoción. Mentiría si dijera que no esperaba más la llegada de este episodio por comentarlo con la Jesusa que por saber qué pasaba con la historia. Aunque siempre me haya perturbado que lleve todos los días la misma bata con los lamparones de la época en la que Lola Flores todavía no había dicho aquello de “si una peseta diera cada español…”. Era, como solía decir mi prima, “un poco espesa”, pero a mí nunca me molestó en exceso.

Decidí no terminar jamás la novela porque me pareció lo justo, lo que debía hacer. Ya no merecía la pena, ya la tenía asociada al peor día de mi vida; al menos, el peor desde que mi madre, que en paz descanse, se fue. Aquella tarde que estaba pensada para cerrar un ciclo, acabó con otro. La pasé con el estómago encogido como si se estuviera envasando al vacío a sí mismo, corriendo de una punta a la otra del piso, reordenando todas las esquinas y cambiando todo de sitio. Hasta que el desquicio pudo conmigo y tuve que escapar. Salí a dar un paseo, absorta, prácticamente anulada. Vi por primera vez cómo se encendían las farolas de la calle, y por un momento eso me sacó una breve sonrisa, aunque al instante me sentí estúpida y mis ojos se humedecieron de nuevo. Cuando llegué a las afueras del pueblo, donde está la fábrica en la que había trabajado toda mi vida, me sentía tan tremendamente perdida y destrozada que no pude hacer otra cosa que no fuera correr. Estuve corriendo durante diez minutos de reloj sin pensar en parar, pero al final tuve que hacerlo por la baja forma en la que me encontraba. Por eso y porque me había cruzado con un muchacho que paseaba a su perro. Y entonces me sentí estúpida de nuevo. Había llegado ya al final de la civilización y se empezaba a notar el frío húmedo de las zonas de huerta. Me estaba helando, lamenté mucho haber salido sin pensar antes en la temperatura, y entonces decidí que lo mejor era volver. Me resigné. Y al darme cuenta de mi resignación, de la frustración y de la tristeza que ello conllevaba, estuve reflexionando durante todo el camino de vuelta, que hice serena y pausadamente. Me había rendido, como todas las veces anteriores, pero esta había sido completamente diferente. Nunca antes había llegado a huir de esta forma tan instintiva y, ciertamente, había resultado liberador. Llevaba toda una vida sufriendo en silencio, encerrada. Así es como me habían enseñado que se hacía. Volví pensando en toda la tristeza que me esperaba allí, pero sin ningún resquicio de temor a enfrentarme a lo que se venía. Quizás sería un buen momento para hacer el curso de ordenadores que tanto me recomendaba mi prima. Siempre que me ve insiste y me dice que se conoce a mucha gente muy simpática… no sé. Lo que era seguro es que saldría a dar un paseo todos los días.

Llegué a casa bien entrada la noche, pero igualmente me di una ducha caliente, la necesitaba. Al día siguiente me desharía todas las cosas de mi fiel amiga, de mi Pepita. Prefería sentirla cerca en mi memoria. Estaba tan agotada que no me importaba qué había pasado con Julio Jaime de todos los Santos. Me puse el camisón, me metí en la cama e hice un mapa mental de lo que haría cuando me despertara: tiraría la jaula primero, y después vería si el alpiste y los juguetes le podían valer a alguien. Puede que se los deje al veterinario para que los regale. Solo podía pensar en mi Pepita, la agaporni que me regalaron cuando cumplí los cincuenta  y cinco años y que me había estado acompañando todos y cada uno de los días hasta hoy. Trece años que me ha durado, nada más y nada menos. Llegué a pensar que se iba a quedar hasta el final conmigo. Recuerdo lo contenta que se ponía cuando me veía aparecer por las mañanas, y cómo se ponía a cantar cuando sonaba la sintonía de la novela. Puede que me vuelva a empezar otra serie, pero ya no será lo mismo. No terminé la novela porque si no la iba a poder terminar ella, yo tampoco. Y eso estaba bien, una parte de mí creía que si ella se hubiera encontrado en esta situación habría tomado la misma decisión. Al fin y al cabo éramos grandes amigas, y la amistad conlleva siempre una enorme carga de empatía. Hacía años que no notaba tanto cansancio, se me quejaban todos y cada uno de los músculos. Estaba segura de que me iba a levantar con muchísimas agujetas al día siguiente. Me pesaban los ojos una barbaridad. Había encontrado la postura perfecta. Lo siguiente que recuerdo es un peso descomunal en el pecho justo antes de dormirme por completo. Me había quedado totalmente sola. Otra vez.

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